Cuestiones de Clase
Ser “clase media” es una situación extraña y enajenante. Decir “enajenante”, en lugar de “es una mier…” es propio de esa enajenación. Estudio filosofía,y es recurrentemente enajenante, requiere además de un esfuerzo muy significativo de abstracción, de una performatividad constante. Porque pertenecer a una clase requiere verse y oírse como de cierta clase. No quiero ensañarme con toda la clase media, sino con la clase que prolifera últimamente en las redes sociales y de la que se ha hablado últimamente hasta el cansancio, porque análisis metacognitivos nos sobran; la imagen del intelectual, del nuevo “ilustrado”.
La “cultura”, no es un goce neutro, elevado, que funcione por encima de la sociedad y sus problemas. Y lo digo como consumidora de los clásicos universales y oidora frecuente de la música clásica… y quiero creer que no parte de un acting pero no puedo evitar sentirme muy identificada con un no tan pequeño grupo de personas de clase media interesadas en la “autenticidad” y la casi obsesiva diferenciación de los consumidores irreflexivos. Sin embargo, la cultura es un objeto más de consumo (hasta hay journaling que tiene por objeto registrar consumos culturales), cabe preguntarse entonces si realmente podemos escapar de esa lógica. Hoy hay artículos y artículos en temu, shein o mercado libre que pasan por analógicos, de nicho, únicos, mid century modern, que hace dos décadas eran un signo de clase y buen gusto y que hoy se venden bajo el mismo principio pero con el detalle de que son producidos en masa para atender a un público objetivo muy concreto; la clase media ascendente que busca diferenciarse por medio de sus consumos culturales “preferenciales”.
La performance de ser Intelectual
En la casa de mis padres y hermanos se tiene que escuchar rock nacional, casi como rito de entrada a la tribu. El rock nacional en oposición al “pop consumista” y el “reggaeton sexista”. No creo que fuera un mandato explícito, pero uno lee entre líneas. Y no digo que sea mentira que las lógicas del consumo parecen impregnar más fuerte estos géneros musicales; pero pienso que en general el consumismo alcanzó ya al arte todo, sin distinción del origen que haya tenido. Creerse estar por fuera es un privilegio y es una actitud performática de clase, aún si nos creemos “ilustrados”, “cultos”, “diferentes” o “intelectuales”.
Ya es tarde; ya se nos enseñó, sobre todo a la generación de las redes sociales que la cultura y la inteligencia es una forma de emancipación o de mostrar rebeldía. Y tenemos una gran cantidad de intelectuales ofendidos por cosas como que “leer se puso de moda”. Como si uno pudiera escapar a las lógicas del mercado actual, del consumo y del estatus. Porque en el fondo, cuando el capital económico parece no ser el suficiente, el cultural parece la vía perfecta para ser reconocido, para pertenecer, para ser visto.
La crítica es obvia, hacemos ostentación de una falsa superioridad moral y estética. Las palabras que utilizo como estudiante de filosofía, la música que oigo y selecciono, la que digo que escucho, la decoración que elijo para mi casa, el tener la biblioteca atiborrada y a la vista en mi living-comedor, difícilmente escapen de la pose de la intelectual. Incluso escribir esto queriendo desmarcarse de la performatividad puede que sea performativo. Publicar en substrack lo es, y me permite decir que pertenezco a una “reducida” cantidad de gente particularmente orgullosa de no entrar en el scrolling infinito y el consumo “por consumir”. Ni hablar de mis hobbies, la pintura (en acrílico y acuarela) y el piano (teclado digital o MIDI).
¿Realmente podemos “salir” de la distinción bourdiana? Creemos que el rechazo a lo digital, a lo masivo nos deja por fuera de la masa, cuando en realidad es una opción más que nos brinda el mercado para satisfacer ciertas preferencias, pero siempre dentro de la misma matriz. Porque la autenticidad, el rechazo a lo comercial, es en sí una estrategia de imagen y no su opuesto necesario. Performateamos la distinción y la ponemos a la vista en los mismos lugares que decimos rechazar.
“Nostros” y “ellos”, siempre la otredad
La ilustración fue un privilegio de clase, claro, pero que creía profundamente en la democratización del conocimiento, en la liberación que este suponía; una emancipación universal, abierta para todos. El problema es que nuestra actitud performática hace exactamente lo opuesto: cierra un grupo sobre sí mismo, y vuelve el conocimiento una marca de clase; y peor aún se cree superior por ello. Subestimamos a quienes no piensan como nosotros, a quienes no parecen interesados en salir de la caverna de la cual creemos haber escapado. Pero, si no nos sentimos mínimamente inclinados a regresar por ellos… realmente salimos de la caverna?. Creo que el verdadero acto de emancipación es salirse del solipsismo, es la empatía y la curiosidad por el mundo del otro, por los objetos que valora, por los principios que lo sostienen, las razones de su obrar y su existir en el mundo. Porque el mundo aún es diverso, emocionante, tierno, interesante… Cerrarse a una única interpretación de la realidad o a determinada forma en la que la cultura debe presentarse es rendirse ante una única manera de habitar el mundo, de pensarlo, de sentirlo y experimentarlo.
En realidad, parece ser más una cuestión de si “compran” como nosotros. En cuanto a las perfectas imitaciones de arte y objetos que eran originalmente de diseño, el problema no está necesariamente en adquirirlos, sino en engañarnos a nosotros mismos creyendo que nos salimos del mercado por seleccionar ciertos tipos de objetos por sobre otros, cuando solo es una forma más sofisticada y pensada de hacerlo. A este grupo de “consumidores conscientes” -llamémoslo The Analogic people- no son quienes rechazan lo digital, sino quienes necesitan que se los vea haciéndolo. Esa imagen delicadamente construida lleva tiempo y dinero, ¡oh sorpresa! que requiere tiempo de ocio que no todos tienen el privilegio de tener, mucho menos la clase trabajadora. No es raro además notar que estos objetos que emulan el diseño están significativamente más caros que los objetos “comunes” o “virales” de decoración, lectura o hobbies, pero mucho más accesibles que los que adquieren las clases dominantes que no se detendrían a ver un precio.
Conclusión
Para concluir, me pregunto si existen aún formas de disfrutar de la cultura genuinamente por fuera del consumismo y la performatividad de clase, o si estamos condenados únicamente al goce de las experiencias que una suerte de destino ha elegido para nosotros. En todo caso, la mejor forma de ir contra la corriente será no consumiendo “más Arte”, sino consumiendo lo que genuinamente nos atrae y nos gusta, sin que importe parecer un desclasado.

